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Puñetazos

Por: Por Milcíades Ortiz Catedrático -

Estábamos en la clase de Educación Física del Instituto Nacional, en los años 50 del siglo pasado. En pantalones cortos y franela nos pusieron a trotar. De repente escuché un comentario burlón del compañero que venía detrás. Sin pensarlo dos veces, le di un puñetazo en la cara. Fuimos a la Vicerrectoría, donde el golpeado aceptó que se burlaba de mi manera de correr. Se le criticó esta actitud.

A mí me regañaron por responder con un golpe. No recuerdo el castigo que nos pusieron a ambos. Más de 50 años después, las pocas veces que he visto a esa persona nos saludamos sin rencores. En la entrada de la calle Primera de Parque Lefevre, donde pasé la niñez y adolescencia, había un grupo de vendedores de periódicos. Se notaba que no tenían mayor educación y comenzaron a burlarse de mí cuando regresaba a casa del colegio. Una vez me obligaron a pelear con el “bravito” del grupo, apodado “Montana Kid”. Fueron unos segundos. Hablé con mi padre y me dijo que huir no iba a ser una solución. Tenía que enfrentar ese acoso. Me enseñó a dar unos golpes de boxeo como defensa. Pocos días después a mi hermano Orlando y a mí los periodiqueros nos encerraron en el patio de una cantina. Querían ver cómo me destrozaba un bravucón.

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Dos veces le pegué en la boca como me enseñó papá y lo tiré al suelo. Al perder dos de sus dientes, los amigos se lo llevaron. A partir de allí nos respetaron. Incluso “Montana Kid” me saludaba. En otro incidente de lo que llaman “bullying”, no recuerdo por qué otro alumno me dio un puñetazo y todo terminó allí. Recordé estos incidentes al leer que un informe de las Naciones Unidas dice que en el mundo el 30% de los jóvenes ha sufrido de acoso escolar.

En Panamá hay pocos datos. Un estudio regional de hace cinco años señaló que más de la mitad de los jóvenes entrevistados dijo haber sufrido “bullying”. He sabido de casos en primaria que no son denunciados por los maestros. Prefieren “esconder la cabeza como el avestruz”. Antes de asumir acciones que eviten una tragedia mayor. El acoso se puede dar por odio racial, envidia social, deseos de mostrar poder y dominio, conseguir dinero, exhibicionismo, etc.

Existen gabinetes sicológicos en los centros educativos para tratar este acoso, que ahora se extiende a las redes sociales. No ocultemos el hecho pensando que es “problema de chiquillos”. No recomiendo los puñetazos para arreglar el asunto, pero a mí y otros de mi época nos sirvieron (¿?).

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